Está claro que la pandemia por la enfermedad causada por el COVID-19 ha tenido un impacto muy significativo en la experiencia de tener hijos. Lo ha hecho más difícil en muchos sentidos. Ha cambiado la forma en que damos a luz, dónde damos a luz y quién está presente cuando damos a luz.

El momento del nacimiento de un hijo es una experiencia en la que las mujeres pueden sentirse especialmente vulnerables, y buscan y necesitan sentirse acompañadas, tranquilas y seguras, de forma que la evolución de todo el proceso transcurra de la forma más fisiológica y natural posible.

El parto es una experiencia compartida, en la cual la mujer se siente arropada por su pareja o por la persona que ellas escogen para proporcionarle aliento, apoyo y ayuda durante este momento.

LA PANDEMIA QUE CAMBIÓ EL PARTO

Pero la actual crisis ha repercutido en este acompañamiento, limitando y restringiendo la presencia de la pareja o acompañante, y ha provocado que muchas mujeres estén durante todo el proceso de parto sin que nadie más que la matrona esté junto a ella, aunque a veces se haya permitido esta presencia en las etapas finales. En ocasiones parece que hayamos vuelto a aquellos días en los que a los padres y parejas no se les permitía estar en la sala de partos hasta que todo había terminado.

Algunas mujeres han tenido la sensación de que se han visto obligadas a hacerlo solas, sin el apoyo de sus parejas; y las parejas sintiéndose impotentes, culpables y enfadadas por esta situación ante la idea de no estar allí para apoyar a sus seres queridos, y preocupados por si el no estar presentes durante y después del nacimiento puede afectar a su vínculo con el recién nacido.

EL ROL DE LA MATRONA

Las matronas juegan un papel clave en esto, pero con frecuencia su carga de trabajo es excesiva y no siempre se puede ofrecer una asistencia “uno a uno”, tan necesaria para que una mujer embarazada esté correctamente atendida durante su parto.

Si esto ya sucedía de forma “normalizada” (que no normal) en muchas ocasiones, la crisis del coronavirus ha aumentado esta presión sobre matronas, comadronas, parteras, obstetras y obstetrices, trabajando sin medidas mínimas de protección, soportando el ya crónico déficit de personal, aumentado ahora por las bajas por enfermedad o aislamiento forzado de sus compañeras, las sobrecargas de turnos de trabajo, las deficiencias estructurales para atender correctamente a las gestantes, y un largo etcétera al que se han visto sometidas al igual que otros profesionales durante este último año.

Esta situación ha sido más acuciante si cabe en la Atención Primaria, donde a la tradicional “escasez de matronas” se han añadido las restricciones en las visitas a consultas, las sesiones de “preparación al nacimiento”, donde las parejas reciben información valiosísima y la oportunidad de aprender habilidades como el cuidado del bebé y la alimentación infantil en los primeros días, o las visita y revisiones posparto, dejando a las mujeres tras el parto sin ayuda especializada, teniendo que arreglárselas por sí mismas. Estas limitaciones se han hecho extensivas también a la familia, aumentando la sensación de aislamiento.

Muchas matronas están agotadas y tienen la moral baja, pero siguen trabajando duro, como siempre para asegurar que tanto el embarazo como el parto sean la experiencia positiva que debería ser para los padres.

Pero, aunque las matronas llenan este vacío lo mejor que pueden, y por muy valiosa que sea la atención crucial que brindan, su presencia no puede compensar la ausencia de familiares y amigos en estos momentos clave, y más si se presentan situaciones como cuando el trabajo de parto es prolongado o más complicado de lo habitual.

MIEDO A PARIR EN EL HOSPITAL

Los efectos de estos cambios aún no se han estudiado, pero si ha repercutido en el comportamiento de las mujeres embarazadas en el momento del parto. Se ha constatado una reducción notable en las mujeres que ingresan a las unidades de maternidad en las primeras etapas del trabajo de parto. Esto es debido en parte porque quieren estar con sus parejas, pero también por el miedo a estar expuestas a una posible infección por COVID-19 durante su estancia en el hospital.

Esto comportamiento no es que sea algo malo. Todo lo contrario. Un entorno tranquilo y reconfortante, en el propio hogar, rodeada de la familia, tomando las medidas que su propio cuerpo le indica para aliviar las molestia o dolor de contracciones conduce a una reducción de los niveles de ansiedad, lo que a su vez ayuda a una mayor producción de oxitocina, y a una evolución favorable del proceso de parto.

Sería bueno que esto condujese a que las mujeres ganasen más confianza en su capacidad para parir y dar a luz en su propio entorno si es eso lo que quieren. Siendo así, esta situación supondría un fuerte impulso para la reestructuración de los servicios de maternidad, una necesidad real y urgente desde hace ya demasiado tiempo…

Si bien esto puede verse como un avance positivo, también es necesario plantearse cuestiones sobre la percepción que han tenido estas madres de su experiencia y cómo les puede influir a medio y largo plazo el no contar con el apoyo proporcionado por su matrona durante el embarazo, y en el parto, desde la atención primaria, en un centro de maternidad o en un hospital.

Pero también existe el riesgo de quedarse en casa durante el parto. Todos conocemos los informes sobre la pandemia de personas que tienen miedo de ir al hospital durante la pandemia y, como resultado, su salud sufre. Esto es especialmente peligroso para las mujeres embarazadas, ya que ese miedo puede impedir que busquen ayuda, por ejemplo, cuando su bebé no se mueve. Todavía no sabemos si ha habido un aumento en la pérdida de embarazos debido a la no asistencia al hospital durante la pandemia.

UN CAMBIO DE MODELO: APROVECHAR EL MOMENTO

La pandemia por COVID-19  ha tenido un gran impacto en la experiencia de la maternidad.

Aun así, carecemos de estudios que nos confirmen si este efecto es positivo, con un aumento del parto normal y un equilibrio de una mayor disponibilidad de personal para brindar la atención adicional requerida, o por el contrario el efecto producido provoca un aumento de las posibles complicaciones y una desatención de la mujer en su parto.

En cualquier caso, se hace necesario revisar la prestación de atención y las restricciones que hemos realizado en la atención al parto durante este tiempo (algunas de ellas aún vigentes actualmente), pero sea cual fuere el resultado, se hace más evidente cada día el cambio hacia modelos de “continuidad del cuidador”, cuyos principios se basan en garantizar que las mujeres vean a las mismas personas durante todo el embarazo, y empoderarlas para que tomen sus propias decisiones, sea donde sea que elijan dar a luz.

Desconocemos cómo y en qué grado el COVID-19 ha afectado la atención a la maternidad, pero es seguro que esta pandemia nos dejará lecciones que podemos aprender para el futuro de la maternidad. Aprovechemos el momento.

BIBLIOGRAFIA:

Por qué tener un acompañante durante el trabajo de parto y el parto puede ser mejor para usted. OMS.  https://www.who.int/reproductivehealth/companion-during-labour-childbirth/en/#

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