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Estos días atrás he viajado a mi santa tierra. Desde hace 6 años, vivo como a unos 400 kilómetros de la ciudad donde crecí. Estas cosas que tiene el amor…vas  a un congreso, te enamoras y emigras. Fin. El resto de detalles os los iré contando por entregas…

Me viene bien salir de la rutina de casa, niños, cole, baños, cena y a dormir y vuelta a empezar. Así que cuando tengo que ausentarme una o dos noches, por motivos de trabajo, lo tomo como unas pequeñas vacaciones de mi versión habitual y desconecto por completo. Tanto, que oye, vuelvo hasta con ganas de tener el tercero…pero claro, a mi santo varón, que es el que se ha quedado con los enanos…como que no le termino de convencer.

A lo que voy que me disperso.

Cojo mi tren y en una hora y media aproximadamente estoy en mi destino. Nada novedoso en el trayecto, salvo la película surrealista que me pusieron para amenizar el recorrido.

Esta vez, apenas estuve día y medio allí, y después de una guardia apoteósica (así, entre nosotros y sin que se enteren mis jefes…¡no hice nada de nada! ¡Ni una mujer!) de nuevo a la estación y a empezar a despertar a la madre que llevo dentro.

Me gusta llegar con tiempo a la estación y sentarme a observar a la gente. Es increíble lo dispares que somos y a la vez la cantidad de cosas que nos asemejan. Así que paré en una bocatería e hice acopio de provisiones para empezar a disfrutar de mi momento cotilla.

Me di cuenta de que había más presencia policial que de costumbre. Este último viaje, ha coincidido con los atentados en Bruselas. Dicen que después de un acontecimiento tan lamentable, aumenta la seguridad en las estaciones de tren, aeropuertos, metro… Un cochecito similar a los que usan los  golfistas para desplazarse por el terreno, con los rótulos de policía nacional estaba estacionado justo en la puerta de una de las tiendas de la estación. Un poco más allá, cerca del acceso a la primera planta, tres señores policías con metralleta en mano (con balas y todo, que me fijé), y justo en el acceso de pasajeros y control de equipajes, otra pareja más. Además, otros tantos encontré paseando (vigilando, se entiende) por la planta baja.

Todo esto me hizo pensar lo segura que me sentía, a la vez que asustada, porque se hace más evidente y palpable la amenaza. Y en las ganas que tenía de llegar a casa.

Y enlazando pensamientos, me di cuenta, de que nosotros, las matronas, actuamos en nuestra profesión de manera semejante a la policía en este caso. Como garantes de la seguridad de la mujer y de su bebé.

Las mujeres, confían en nosotros, se ponen en nuestras manos con la tranquilidad de que no vamos a dejar que les pase nada malo. Pero a su vez, como mi amiga Llum (si no la recordáis, os invito a que leáis la entrada MIEDO EN EL EMBARAZO. ¿A QUÉ?) las mujeres están asustadas. La sombra del dolor, de lo desconocido, de la duda, planea sobre sus cabezas y les hace sentir miedo.

Nuestras armas son los protocolos, las guías de práctica clínica, las vías clínicas, los planes integrales de cuidados, la evidencia científica que avala nuestra actuación. Pero también una buena decisión tomada a tiempo, tanto de intervenir como de no hacerlo. La escucha activa. El respeto. La paciencia. La presencia.

Ahí estamos nosotras, a su lado, procurando pasar inadvertidas, con la recámara llena de recursos por lo que pueda pasar, pero con la esperanza de no tener que usarlos. Porque si hacemos sentirse segura a la mujer, confiada de su cuerpo y de su naturaleza, no tendremos que hacer nada más que dar la bienvenida a su bebé.

Sigo dándole vueltas a la cabeza… Sobre lo mismo. Me pregunto si estoy o estamos preparados, en general, para aportar esa seguridad. Por ejemplo sobre los protocolos de actuación: ¿Están actualizados? ¿Estamos presentes en la creación de los mismos? Y antes de llegar al momento del parto ¿qué puedo poner yo de mi parte para que la mujer se sienta realmente segura en mis manos? ¿Hay algo que pueda mejorar en la atención que brindo para que la mujer confíe? ¿Hacemos todo lo posible para ello? ¿O es algo inevitable que se escapa de nuestra intervención?

Es casi la hora de coger mi tren. Al final me he entretenido más de lo que debería. Menos mal que soy precavida y traigo zapato cómodo. No es la primera vez que me quedo absorta y luego tengo que salir corriendo…

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Es tiempo de ematrona

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2 Comments

  • Laura dice:

    Me ha encantado tu reflexión. Creo que siempre nos tenemos que preguntar si se aporta esa seguridad, nunca darlo por hecho.. Eso nos ayuda a mejorar y a crecer como profesionales

  • Nina Martinez dice:

    Las mujeres tienen que saber que nosotras estamos ahi para ellas, y que haremos siempre todo lo posible por su salud y la de sus hijos. Sabemos que a veces desconfian, por lo que tenemos que hacer crítica, siempre constructiva para mejorar esto, en esto la profesión nos jugamos mucho.

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