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Pongámonos en situación.

Estoy en la puerta de urgencias, una noche cualquiera. Y como una noche cualquiera más, espero que sea tranquila, sin sospechar lo más mínimo, la que se me viene encima.

El turno ha empezado bien. Hay poco movimiento en paritorio y parece que en el triaje de las urgencias generales se están “portando”, con lo cual, he podido cenar con el resto de compañeras sin que se nos atragante el bocado.

A las 22.30, sentada en la mesa de la consulta, suena el teléfono. Triaje. Sube una primigesta de 38 semanas de gestación, que refiere sangrado menor que regla y dolor abdominal.

Me encanta mi trabajo, pero he de confesar que las noches las llevo regular y con el panorama planteado, no pude más que pensar que ya podía haber sido una “secun” o una “terci” para que la cosa fuera rapidita. Independientemente de mis pensamientos derrotistas, no me permito ser desagradable con las pacientes, así que con la mejor de mis sonrisas y la mejor predisposición para hacer bien mi trabajo, recibo a la pareja.

No se vosotros, pero a mi me encanta imaginar las historias que hay detrás de cada pareja que conozco. Los observo, me hago una composición de lugar y durante la entrevista, indago, hasta donde puedo para no ser indiscreta. Y así, me sumerjo en su historia.

He de confesar que esta pareja, desde el primer momento me transmitió una dulzura enorme. Él, bastantes años mayor que ella. Con una historia de vida conmovedora (la cual yo descubrí después). Ella, la pequeña de tantos hermanos, lo cual le hace tener esa mirada que busca la aprobación del resto del mundo siempre.

Después de escribir en la historia, les invito a pasar a monitores. Y entonces, ocurre lo que nunca esperas. No hay latido. Me empiezo a poner nerviosa. Rehúyo su mirada. Ellos saben que algo pasa, pero…¿cómo se lo digo?

Aviso al ginecólogo de guardia, que confirma mis sospechas con la ecografía.

Entonces, lo que pienso, no es que podía haber sido una “secun” o una “terci”, sino que ojalá, hubiera sido una “primi” como tantas otras que te tienen toda la noche en vela, pero por otro motivo.

Es la ginecóloga, quién da la noticia. Y después, llantos. Y después, dudas. Y después silencio. Lo que más duele. El silencio. Y después, la soledad.

-Os dejamos solos un momentito, ¿vale?

Al principio, me daba miedo entrar en la habitación. Imaginaba que me encontraría una mujer llorando amargamente la muerte de su hijo, y pensaba que no podría estar a la altura y que me derrumbaría. Pero no tenía más remedio que entrar. Y para mi sorpresa, la estampa que encontré, fue totalmente diferente.

Allí, en la cama, como dejada caer y como la que no quiere la cosa, estaba ella. Ojiplática, pálida, y con una sonrisa de medio lado, con esa mirada en busca de aprobación. Yo la miré, con compasión. Soy madre, y empaticé tanto, que tuve que contener las lágrimas.

  • ¿Y ahora que vamos a hacer?- me preguntó.
  • Bueno – titubeé- ahora va a venir la ginecóloga y te pondrá una medicación para que te pongas de parto.

Estaba acompañada por una mujer rubia. El marido había salido a dar la mala noticia al resto de la familia. Aquella señora con cara de haber sufrido lo suyo en la vida, daba vueltas por la habitación como loba herida. Y al final, reunió la valentía suficiente para interrumpir mi discurso sobre como sería el proceso, y me dijo:

  • Pero, ¿y por que no le hacen una cesárea? Porque tener al bebé muerto dentro, ¿no le hará daño a ella? Yo lo único que quiero es que a ella no le pase nada.

Entonces deduje que era su madre. Solo cabía esa opción. Y tuve que volver a contener las lágrimas.

Les había dicho que el proceso podía ser largo, por eso, cuando llamaron hora y media después diciendo que tenía mucho dolor y que notaba algo “raro”, me extrañé. Efectivamente, al levantar la sábana, observé un sangrado importante, así que le pedí permiso para hacer una exploración. Había dilatado 6 cm, estaba evolucionando muy rápido.

Pasó a paritorio, se puso la epidural y descansó por unas horas.

En ese tiempo, la acompañó su marido. Afligido, mutista.

Yo tampoco quise estar mucho tiempo con ellos, por aquello de no molestar.

Cuando llegó el momento, el padre de la criatura, decidió que no lo quería ver. Y fue su madre la que le acompañó en ese amargo trance. Y a las 04.45 de la madrugada, nació el que hubiera sido su primer hijo. Bueno, el que es su primer hijo. Tristemente, no como todos esperaban. Para mi, el primer parto de un feto muerto.

Ella no quiso verlo, a pesar de la insistencia de la ginecóloga en que eso les ayudaría a realizar el duelo. La abuela si.

Agradecidas de la atención prestada y del trato amable que les habíamos brindado, permanecieron en el paritorio más allá del cambio de turno. No había camas libres en maternidad (aunque tampoco hubiera sido lo apropiado) y como el paritorio estaba vacío, se quedó allí, esperando a que alguien acertara con los papeles que había que rellenar en estos casos.

Al marcharme, me despedí de ellos, con un nudo en la garganta. Parecía que allí no había pasado nada. No se permitieron derramar una lágrima, al menos delante de mi, y yo tuve que contenerlas en varias ocasiones. Ahora empieza lo peor, pensé para mi. Cuando lleguen a casa, a esa habitación que con tanto cariño habían preparado para su bebé. Cuando la gente les vea por la calle y les pregunte por su hijo. El vecino, el panadero, la pescadera… Entonces, tendrán que llorar.

Ahora, tiempo después y habiendo leído bastante sobre el tema, pienso lo poco acertada que fue aquella frase : “os dejamos un momentito solos”. Como tantas otras muchas que se dicen en estas circunstancias y que lejos de aliviar la pena de la pareja, infantiliza sus sentimientos, los desprecia (inconscientemente, no se me vaya a malinterpretar, que se sobreentiende que lo que todo el mundo quiere cuando dice frases tipo “sois jóvenes, enseguida te quedaras otra vez embarazada” es animar) Pero como iba diciendo, existen frases “parche” como yo las llamo, que hacen mucho daño. Igual que el silencio. Es cierto que necesitarán estar solos, para compartir su dolor entre ellos. Pero también necesitan ser escuchados, que alguien resuelva sus dudas, que alguien les alivie la culpa.

Esta situación, es real. Es la historia que yo viví hace unos meses. Pero podría ser la historia de cualquiera de vosotros. En mi caso, creo que faltaron muchas cosas por hacer que hubieran ayudado. ¿Podría haber actuado de otra forma si estuviera más preparada? Me planteo también ¿Cómo me ha afectado a mi, en mi hacer profesional, esta experiencia? ¿Ha cambiado mi perspectiva?¿Podré hacerlo mejor la próxima vez? Somos personas y como tales, tenemos sentimientos…¿seré capaz de dejarlos a un lado y actuar más profesionalmente?¿o está bien eso de empaparse de las emociones que te produce la experiencia para sacar tu lado más humano?

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Podéis compartir vuestra opinión dejando un comentario en esta entrada. Si te ha gustado la experiencia de leernos, por favor, comparte en redes sociales. Así llegaremos a más compañeras y creceremos como colectivo. Gracias.

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5 Comments

  • Nina Martinez dice:

    Tema crucial en nuestro trabajo. Pienso que sobre todo hace falta formación para conocer las fases del duelo y esas “tareas” que hay que hacer para ir evolucionando en el, y no convertirnos en un obstáculo para que la mujer y familiar vayan elaborando su duelo. Siempre es un mal trago, por muchos años que llevemos en esto, y llorar, a veces no lo puedes evitar. Por desgracia, como yo digo, en esta profesión los momentos buenos son muy buenos, y son la mayoría, pero los malos, son muy malos.

  • Mariajo dice:

    Creo que has explicado realmente bien lo que sentimos cuando nos encontramos un caso así. Me gustaría añadir que es importante que nos formemos en como abordar estas situaciones. Puedo decirte que yo, ya me he dado permiso para llorar con esos padres si así lo siento, es algo que les hace entender que pueden sentir el dolor y expresarlo y que nadie les va a juzgar por ello, y desde luego yo menos que nadie.
    Y el dolor que sienten esas parejas es igual de autentico en la semana siete de gestación, que en la cuarenta…porque cada persona siente y sufre por lo que le pasa a ella y cada uno de forma diferente.
    Yo sólo estoy ahí para apoyarles y ayudarles.

  • Violaine dice:

    Vivencia muy triste, difícil y cruel por el que pasan familiares que se “chocan”con dicho evento de tal magnitud,sea cual sea la edad de ese ser ,para ellos ya aceptado como suyo.
    Estar,ser,apoyar,comunicar,recibir aceptar sea con contacto,ausencias,silencios,palabras…Yo en mi experiencia profesional tuve un 1er caso recién diplomada y aún recuerdo esa sensación ..que mal, que mal la acompañé dejándola sola, que miedo, impotencia, tristeza,malestar al día siguiente al entrar a visitarla en la planta.(Esos fueron mis sensaciones)Me vio y se abalanzó sobre mi, abrazándome, sonriéndome y dándome las gracias .Y allí indagué mucho sobre el tema.Mi sensación para nada había sido lo que la señora me devolvió al volver al verme.Resumen:Vino sola,no escuché foco,se avisó al ginecólogo que informó de la triste realidad.Tuve al rato una cesárea urgente por un prolapso …por lo que se quedó sola lo que parecía una eternidad y luego llegó el cambio de turno.Me fui triste y hecha polvo.Mucha literatura y eso que entonces se encontraba poco 1999 .Frases a evitar típicas que siempre alguien suelta cuando no estás acostumbrado al tema “tendrás más””no pasa nada””tranquila” y ¡alguna la había soltado!
    Desde entonces pues desgraciadamente he vivido otros tantos,una nunca se acostumbra,y a veces se te saltan las lágrimas…y a final de cuenta acompañar lo que demanden …la mayoría de las veces llantos,tristeza,enfado,cólera,
    la gran importancia del tacto,aceptar la gran disparidad de sentimientos y valorar la necesidad de presencia o no,algunos demandan mucha, otros menos,permitir el paso de los familiares,proponer verlos,hacer fotos, dar una tarjeta con huella, hora,día …y aún si en el momento no desean hacerlo, dejarlo en la historia, informándoles y con consentimiento por si más adelante desean realizar la consulta o recibir el “recuerdo” de la perdida para facilitar lo más posible el duelo de ese bebé,su hijo/a.

  • Paloma dice:

    Habría mucho que drecir sobre este tema, pero solo voy a comentar dos cosas

    Una es que seguro que esta pareja te ha hecho crecer como profesional, seguro. Como seguro es que la próxima vez será diferente, porque habrá próxima vez, pero contarás con una experiencia que es muy valiosa para poder afrontar situaciones tan difíciles como esta. Será igualmente duro, pero el simple hecho de que te plantees cosas y reflexiones sobre tu actuación ya es importante.

    La otra es que no te asuste el silencio. Hazte amiga de él y no dejes que te incomode. El silencio es información, es una forma de comunicación que transmite muchas más cosas de lo que creemos.

  • anmatel@gmail.com dice:

    Este tipo de experiencias nos quedan grabadas como personas y como profesionales para toda la vida. Si bien es cierto que como profesionales a veces nos vemos en la tesitura de tener que actuar y no saber cuál es la mejor forma para hacerlo, personalmente creo que no podemos ser insensibles a las emociones, y menos en estos casos. Acompañamos a las familias en los momentos más importantes de su vida: en el inicio y en el final. Ello nos hace ser referentes y fundamentales. En ambos casos la calidad de los cuidados es importante…pero nunca lo será tanto como la calidez del acompañamiento.

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